A new view on food

El estado del desarrollo de una sociedad marca el universo de la experiencia humana. El significado y la percepción del tiempo, el trabajo, la salud, las relaciones interpersonales y también la cultura gastronómica cambian.

Estos cambios dependen de las condiciones socials y de las posibilidades tecnológicas. Hoy en día apenas hay ámbitos de la vida que no se vean afectados por los avances tecnológicos. La locomoción, la comunicación, la curación de enfermedades son casi inimaginables sin recursos técnicos. En esta interacción entre el hombre y la tecnología, la comida juega un papel especial.
Si bien un número cada vez mayor de alimentos de alta tecnología caracteriza la variedad de productos del supermercado, los alimentos tienen a la vez una fuerte carga emocional por su verdadera function como “medio de vida”. Lo que comemos influye en nuestra salud y en nuestro estado de ánimo. La ingesta de alimentos pertenece a los elementos centrales del metabolismo; los alimentos proporcionan los componentes que el organism necesita para mantener las funciones vitales. La comida penetra hasta lo más recóndito de nuestro ser, nos proporciona la energía y las materias básicas para vivir. La ingesta de alimentos es indispensable para que podamos mantenernos vivos. Sin embargo, va más allá de la mera function fisiológica. Este significado “metafísico” de los alimentos corresponde al valor simbólico de la cocina. La cocina como lugar de almacenamiento y preparación de alimentos, y como el lugar donde se come en comunidad, juega un papel especial. Si, en otros tiempos, la cocina era el centro natural de la vida familiar, en la posmodernidad se diversificaron las posibilidades. Como signo de retorno a lo auténtico, la cocina se ha revalorizado: como lugar donde se puede vivir la preparación de alimentos como algo sensorial y donde la estética del manjar casa con la belleza de la forma y del material. De este modo, la cocina reconquista su magia.
La comida es la base emocional y cultural de la existencia humana y, más allá de fronteras étnicas y políticas, posee un inmenso significado. La comida determina al hombre no sólo como individuo; la alimentación es a la vez un espejo de la sociedad, sus principios, sus sueños y sus miedos. A lo largo de la historia de la cultura del hombre, la comida y la bebida han tenido siempre un papel destacado. El ritual de la toma de alimentos sirve para la sociabilidad y marca las estaciones cruciales de la trayectoria de la vida: bautizos, bodas o entierros sucumben a un simbolismo mitológicoculinario que subraya la extraordinaria importancia que tiene el acto de reunirse alrededor de una mesa. Comer es un valor cultural en el que se presta por lo menos tanta atención a la preparación de los manjares como a su presentación. La selección de los alimentos y la forma en que se consumen definen el estilo de vida personal.
El aspecto de los alimentos en el siglo XXI no está orientado como antes principalmente hacia el contenido simbólico y el significado espiritual, sino hacia los nuevos valores esenciales como la estética, la actividad o la salud. Los alimentos se convierten en accesorios de un “estilo de vida”. En un entorno en el que están saciadas todas las necesidades básicas, en el que se trata cada vez más del hombre como individuo, la comida sirve también cada vez más para la autorrealización personal. Las necesidades derivadas de carencias quedan substituidas por necesidades de desarrollo, de una “economy of needs” se pasa a una “economy of desire”. El disfrute ya no es concebible sin la alimentación.
En este nuevo contexto, el significado del aspect visual es más importante que nunca, lo que se expresa muy acertadamente en el dicho “comer por los ojos”. La erotización de la vida cotidiana se ha intensificado en últimos años y ha influido en lo que el hombre espera de la vida. La seducción sensual y la promesa de placer son omnipresentes y nos acompañan tanto en la vida privada como en la profesional. La disposición a la renuncia pertenece al pasado; el pensamiento hedonista, alcanzar el “placer” por medio del “no placer”, han hecho sitio a la máxima de una obtención de placer permanente. El bienestar masivo, consecuencia de la industrialización, ha llevado a una intensificación de las expectativas de placer y a una felicidad permanente de muchos consumidores. Como consecuencia de la creciente complejidad de la vida privada y profesional, uno ambiciona cada vez con más frecuencia la simplicidad y la orientación. Los llamados productos rápidos, comidas preparadas, disfrutan por tanto de una demanda cada vez mayor. Los consumidores desean al mismo tiempo autenticidad, frescura, salud y productos más duraderos.
En resumen, se pueden comprobar tres tendencias: funcionalidad en la que es habitual la “carga” de los alimentos con propiedades añadidas como son la salud, la autenticidad y la comodidad. La síntesis de estas tendencias desemboca en un nuevo concepto global de alimentación. Por eso, en los últimos años las innovaciones en el mercado alimenticio han consistido a menudo en la creación de productos que reúnen características como la salud, el disfrute, la vivencia o una postura ética determinada. Eso responde a la creciente necesidad de los consumidores de crear armonía en su alimentación.
Dadas las exigencias cada vez mayores de un equilibrio entre vida y trabajo (work-life-balance) y de la gestión de tiempo individual, se deben unir en armonía la salud, el disfrute, la mente y el entorno. Por ejemplo, los alimentos del futuro son la comida preparada rápida, pequeña y fácil; el producto biológico que pone énfasis en el aspect de salud; o la “functional food” en un práctico format “convenience”. Como signo de una relación pragmática con la comida, los diferentes conceptos como alimentos naturales o “functional food” ya no se descartan mutuamente. Los elementos de alta tecnología se integran de forma consciente en los alimentos tradicionales. Todo se puede combinar mientras ofrezca más valor para los consumidores.
En busca de la alimentación del mañana se plantea la pregunta sobre las necesidades alimenticias del hombre. En el mercado se pueden distribuir sólo productos que identifiquen una necesidad real para el cliente y que, mediante la innovación técnica o emocional, se diferencian de la competencia. Pero quien quiera comprender el futuro no sólo debe conocer las tendencias más importantes del momento, sino también las fuerzas que se oponen a ellas. Cada tendencia tiene una contra tendencia. El “boom” de la salud nos lleva a una demanda creciente de dulces. En último término los productos biológicos deben su éxito a la delimitación de la producción alimenticia globalizada. En último término, el futuro de la alimentación se puede comprender e interpretar sólo mediante un sistema de red de tendencias y sus polos opuestos. La tecnificación de la producción alimenticia tiene su contrapartida en el ansia de algunos consumidores de simplicidad, sencillez y esencia. Ningún elemento encarna estas cualidades tanto como el agua. Desde el aspecto hasta el sabor, no ofrece nada espectacular y es, sin embargo, el ingrediente fundamental de la vida. En su forma natural de algo puro y claro, se convierte en sinónimo de salud. La cocina, como lugar que reúne los primitivos elementos de agua y fuego, se convierte en el espacio de proyección para la nostalgia del hombre de una autenticidad y una terrenalidad. La experiencia de la interacción de los elementos y el disfrute sensual del producto de este proceso llevan a una vivencia integral en la que el hombre se reencuentra a sí mismo, a salvo, como hijo de la naturaleza. Ya en el siglo XVIII, el explorador originario de Ginebra Jean-Jacques Rousseau, con su escepticismo cultural como signo del “retour à la nature”, quería mostrar que con su estilo de vida el hombre se alejaba cada vez más del orden natural y, por tanto, de sí mismo.
Las necesidades elementales como el ansia de contacto interpersonal, el ritual de la comida en comunidad y el deseo de placer acompañan al hombre sea cual sea el nivel de desarrollo tecnológico de la sociedad. La cocina sigue siendo el punto de unión de estos deseos. A la comida le corresponde más que nunca, en un futuro tecnificado, la función de ancla que amarre al hombre a sus orígenes y que salvaguarde lo que le caracteriza como ser humano.

A new view on food

El estado del desarrollo de una sociedad marca el universo de la experiencia humana. El significado y la percepción del tiempo, el trabajo, la salud, las relaciones interpersonales y también la cultura gastronómica cambian.

Estos cambios dependen de las condiciones socials y de las posibilidades tecnológicas. Hoy en día apenas hay ámbitos de la vida que no se vean afectados por los avances tecnológicos. La locomoción, la comunicación, la curación de enfermedades son casi inimaginables sin recursos técnicos. En esta interacción entre el hombre y la tecnología, la comida juega un papel especial.
Si bien un número cada vez mayor de alimentos de alta tecnología caracteriza la variedad de productos del supermercado, los alimentos tienen a la vez una fuerte carga emocional por su verdadera function como “medio de vida”. Lo que comemos influye en nuestra salud y en nuestro estado de ánimo. La ingesta de alimentos pertenece a los elementos centrales del metabolismo; los alimentos proporcionan los componentes que el organism necesita para mantener las funciones vitales. La comida penetra hasta lo más recóndito de nuestro ser, nos proporciona la energía y las materias básicas para vivir. La ingesta de alimentos es indispensable para que podamos mantenernos vivos. Sin embargo, va más allá de la mera function fisiológica. Este significado “metafísico” de los alimentos corresponde al valor simbólico de la cocina. La cocina como lugar de almacenamiento y preparación de alimentos, y como el lugar donde se come en comunidad, juega un papel especial. Si, en otros tiempos, la cocina era el centro natural de la vida familiar, en la posmodernidad se diversificaron las posibilidades. Como signo de retorno a lo auténtico, la cocina se ha revalorizado: como lugar donde se puede vivir la preparación de alimentos como algo sensorial y donde la estética del manjar casa con la belleza de la forma y del material. De este modo, la cocina reconquista su magia.
La comida es la base emocional y cultural de la existencia humana y, más allá de fronteras étnicas y políticas, posee un inmenso significado. La comida determina al hombre no sólo como individuo; la alimentación es a la vez un espejo de la sociedad, sus principios, sus sueños y sus miedos. A lo largo de la historia de la cultura del hombre, la comida y la bebida han tenido siempre un papel destacado. El ritual de la toma de alimentos sirve para la sociabilidad y marca las estaciones cruciales de la trayectoria de la vida: bautizos, bodas o entierros sucumben a un simbolismo mitológicoculinario que subraya la extraordinaria importancia que tiene el acto de reunirse alrededor de una mesa. Comer es un valor cultural en el que se presta por lo menos tanta atención a la preparación de los manjares como a su presentación. La selección de los alimentos y la forma en que se consumen definen el estilo de vida personal.
El aspecto de los alimentos en el siglo XXI no está orientado como antes principalmente hacia el contenido simbólico y el significado espiritual, sino hacia los nuevos valores esenciales como la estética, la actividad o la salud. Los alimentos se convierten en accesorios de un “estilo de vida”. En un entorno en el que están saciadas todas las necesidades básicas, en el que se trata cada vez más del hombre como individuo, la comida sirve también cada vez más para la autorrealización personal. Las necesidades derivadas de carencias quedan substituidas por necesidades de desarrollo, de una “economy of needs” se pasa a una “economy of desire”. El disfrute ya no es concebible sin la alimentación.
En este nuevo contexto, el significado del aspect visual es más importante que nunca, lo que se expresa muy acertadamente en el dicho “comer por los ojos”. La erotización de la vida cotidiana se ha intensificado en últimos años y ha influido en lo que el hombre espera de la vida. La seducción sensual y la promesa de placer son omnipresentes y nos acompañan tanto en la vida privada como en la profesional. La disposición a la renuncia pertenece al pasado; el pensamiento hedonista, alcanzar el “placer” por medio del “no placer”, han hecho sitio a la máxima de una obtención de placer permanente. El bienestar masivo, consecuencia de la industrialización, ha llevado a una intensificación de las expectativas de placer y a una felicidad permanente de muchos consumidores. Como consecuencia de la creciente complejidad de la vida privada y profesional, uno ambiciona cada vez con más frecuencia la simplicidad y la orientación. Los llamados productos rápidos, comidas preparadas, disfrutan por tanto de una demanda cada vez mayor. Los consumidores desean al mismo tiempo autenticidad, frescura, salud y productos más duraderos.
En resumen, se pueden comprobar tres tendencias: funcionalidad en la que es habitual la “carga” de los alimentos con propiedades añadidas como son la salud, la autenticidad y la comodidad. La síntesis de estas tendencias desemboca en un nuevo concepto global de alimentación. Por eso, en los últimos años las innovaciones en el mercado alimenticio han consistido a menudo en la creación de productos que reúnen características como la salud, el disfrute, la vivencia o una postura ética determinada. Eso responde a la creciente necesidad de los consumidores de crear armonía en su alimentación.
Dadas las exigencias cada vez mayores de un equilibrio entre vida y trabajo (work-life-balance) y de la gestión de tiempo individual, se deben unir en armonía la salud, el disfrute, la mente y el entorno. Por ejemplo, los alimentos del futuro son la comida preparada rápida, pequeña y fácil; el producto biológico que pone énfasis en el aspect de salud; o la “functional food” en un práctico format “convenience”. Como signo de una relación pragmática con la comida, los diferentes conceptos como alimentos naturales o “functional food” ya no se descartan mutuamente. Los elementos de alta tecnología se integran de forma consciente en los alimentos tradicionales. Todo se puede combinar mientras ofrezca más valor para los consumidores.
En busca de la alimentación del mañana se plantea la pregunta sobre las necesidades alimenticias del hombre. En el mercado se pueden distribuir sólo productos que identifiquen una necesidad real para el cliente y que, mediante la innovación técnica o emocional, se diferencian de la competencia. Pero quien quiera comprender el futuro no sólo debe conocer las tendencias más importantes del momento, sino también las fuerzas que se oponen a ellas. Cada tendencia tiene una contra tendencia. El “boom” de la salud nos lleva a una demanda creciente de dulces. En último término los productos biológicos deben su éxito a la delimitación de la producción alimenticia globalizada. En último término, el futuro de la alimentación se puede comprender e interpretar sólo mediante un sistema de red de tendencias y sus polos opuestos. La tecnificación de la producción alimenticia tiene su contrapartida en el ansia de algunos consumidores de simplicidad, sencillez y esencia. Ningún elemento encarna estas cualidades tanto como el agua. Desde el aspecto hasta el sabor, no ofrece nada espectacular y es, sin embargo, el ingrediente fundamental de la vida. En su forma natural de algo puro y claro, se convierte en sinónimo de salud. La cocina, como lugar que reúne los primitivos elementos de agua y fuego, se convierte en el espacio de proyección para la nostalgia del hombre de una autenticidad y una terrenalidad. La experiencia de la interacción de los elementos y el disfrute sensual del producto de este proceso llevan a una vivencia integral en la que el hombre se reencuentra a sí mismo, a salvo, como hijo de la naturaleza. Ya en el siglo XVIII, el explorador originario de Ginebra Jean-Jacques Rousseau, con su escepticismo cultural como signo del “retour à la nature”, quería mostrar que con su estilo de vida el hombre se alejaba cada vez más del orden natural y, por tanto, de sí mismo.
Las necesidades elementales como el ansia de contacto interpersonal, el ritual de la comida en comunidad y el deseo de placer acompañan al hombre sea cual sea el nivel de desarrollo tecnológico de la sociedad. La cocina sigue siendo el punto de unión de estos deseos. A la comida le corresponde más que nunca, en un futuro tecnificado, la función de ancla que amarre al hombre a sus orígenes y que salvaguarde lo que le caracteriza como ser humano.